Las batalla de Pozo de Vargas

Innumerables documentos recogidos por historiadores riojanos revelan los pormenores de aquella batalla que Felipe Varela quizás por error estratégico diera en Pozo de Bargas entonces, cuando marchando a Catamarca desde las Mesillas, resolvió dar la vuelta y dirigirse a La Rioja que había ocupado Taboada.

            La historia ha narrado el enfrentamiento con Taboada que se decidió por la gran superioridad en armamento de las fuerzas “nacionales”, del  Buenos Aires de Mitre en realidad. Taboada apoyaba los planes de Mitre de promover a Elizalde  como presidente el año siguiente y él de vicepresidente.

            Derrotado Varela ya no pudo rearmar ese ejército de 4.000 hombres formado en su mayoría por riojanos que dieron su última gran batalla por el Federalismo.

            Aún cuando la resistencia continuó por otros tres años, la falta de armamento, la traición de Urquiza, y la dispersión de sus fuerzas entre los llanos, el oeste y la lejanía de Varela en Bolivia, terminó con la heroica lucha de los riojanos por el Federalismo y la Unión americana que sigue siendo un objetivo incumplido hasta el día de hoy.

               El general Antonino Taboada que permaneció un mes en La Rioja, ocupando y saqueando la Ciudad, envió a Pablo Irrazábal y Ricardo Vera a los Llanos y a José María Linares y Nicolás Barros a Famatina y Arauco, ya que se tenían noticias de que Varela y Medina se mantenían en ellos con fuerzas respetables y con muchos chilenos que habían sido incorporados.

            “En marcha a su destino, el comandante Irrazábal capturó a pocas leguas de la capital, a los jefes de la montonera Carlos M. Alvarez, Nolasco Herrera y don Sebastián Sotomayor, que se mantenían aún en armas con una pequeña fuerza por los alrededores del lugar de ‘Ampatá’. Los dos primeros mencionados fueron cruel e inhumanamente torturados hasta arrancarles la vida, por medio del bárbaro suplicio del ‘Cepo Colombiano’.

            Este asesinato atroz, ordenado por el teniente coronel de la Nación don Pablo Irrazábal, no fue castigado, como tampoco lo había sido el que este mismo jefe cometió por sus propias manos en la persona del ex general don Angel Vicente Peñaloza, el año de 1863 en la aldea de Olta.

            Los jefes que en clase de subalternos acompañaban al valiente cuanto cruel y sanguinario, a la vez que ignorante y rústico comandante Irrazábal, no pudieron impedir tan bárbaro suplicio.

 El jefe del escuadrón de caballería se volvió indignado a la capital a poner en conocimiento del general Taboada el atentado salvaje, quien si bien reprobó el hecho, no juzgó conveniente castigar a Irrazábal.

 

            En los primeros días de Mayo, Taboada se retira de La Rioja con su ejército, llevándose animales, bienes, muebles y todo lo que pudo saquear durante su ocupación y hombres y mujeres prisioneros que dejó en el campo de concentración de El Bracho.