Sarmiento y el federalismo

El “otro” Sarmiento – Buenos Aires y el Interior

                El texto que vamos a transcribir permite analizar las diferencias entre Sarmiento (provinciano) y Mitre, porteño, quizás el más “lúcido” representante del  modelo político centralista y unitario, probritánico, de la historia de Buenos Aires.

                En pugna con Mitre es  cuando aparece el “otro” Sarmiento; como fueran también Castelli y otros federales de Buenos Aires mismo, como Manuel Dorrego como emblema.

                El  otro Sarmiento es el que llega a la presidencia diferenciándose de Mitre, quien intentaría un golpe militar cuando la sucesión de Sarmiento.

                También durante la larga guerra civil había en el campo contrario a nuestros caudillos  quienes concebían un país estructurado en forma federal. La investigación histórica no ha dicho aún si nuestro Facundo Quiroga se subordinó y sucumbió  a la política centralista porteña de Rosas

 

            Uno fue el bárbaro Sarmiento que celebró el asesinato del Chacho. Y otro escribía esto en su Facundo en 1845.

 

            “En Tucumán, Salta y Jujuy quedaba, por la invasión de Quiroga, interrumpido o debilitado n gran movimiento industrial  progresivo, en nada inferior al que de Mendoza indicamos. El doctor Colombres, a quien Facundo cargaba de prisiones, había introducido y  fomentado el cultivo de la caña de azúcar, a que tanto se presta el clima, no dándose por satisfecho de su obra, hasta que diez grandes ingenios estuvieron en movimiento. Costear  plantas de La Habana, mandar agentes a los ingenios del Brasil para estudiar los procedimientos y aparejos,; destilar  la melaza, todo se había realizado con ardor y suceso, cuando  Facundo  echó sus caballadas en los cañaverales y desmontó  gran parte de los nacientes ingenios. Una sociedad de agricultura publicaba, ya, en sus trabajos y se preparaba a ensayar el cultivo del añil y de la cochinilla. A Salta se habían traído de Europa y Norteamérica, talleres y artífices para tejidos de lana, paños abatanados, jergones para alfombras  tafiletes, de todo lo que ya se había alcanzado resultados satisfactorios. Pero lo que más preocupaba a aquellos pueblos, porque es lo que más vitalmente les interesa, era la navegación del Bermejo, grande arteria comercial, que pasando por las inmediaciones o términos de aquellas provincias, afluye al Paraná, y abre una salida a las inmensas riquezas que aquel cielo tropical derrama por todas partes.

(Nota: han pasado 175 años y el gran proyecto del Bermejo sigue encajonado en los anaqueles del Congreso “nacional”)  Continúa:

            El porvenir de aquellas hermosas provincias depende de la habilitación para el comercio, de las vías acuáticas; de ciudades mediterráneas –pobres y poco populosas- podrían convertirse, en diez años, en otros tantos focos de civilización  de riquezas, si pudiesen, favorecidas por un Gobierno hábil, consagrarse a allanar los ligeros obstáculos que se oponen a su desenvolvimiento. No son éstos, sueños quiméricos de un porvenir probable, pero lejano, no.

            En Norteamérica, las márgenes del Mississipi y de sus afluentes se han cubierto, en menos de diez años, no sólo de populosas y grandes ciudades, sino de  Estados nuevos, que han entrado a formar parte de la Union; y el Mississipi no es más aventajado que el Paraná; ni el Ohío, el Illinois o el Arkansas recorren territorios más feraces no comarcas más extensas que lslas del Pilcomayo, el Bermejo, el Paraguay y tantos grandes ríos que la Providencia ha colocado entre nosotros, para marcarnos el camino que han de seguir más tarde, las nuevas poblaciones que formarán la Unión Argentina.  Rivadavia había puesto, en la carpeta de su bufete, como asunto vital, la navegación interna de los ríos: en Salta y Buenos Aires, se había formado una grande asociación que contaba con medio millón de pesos y el ilustre Soria realizado su viaje y publicado la carta del río. “Cuánto tiempo perdido desde 1825 hasta 1845! ¡Cuánto  tiempo más aún, hasta que Dios sea servido ahogar al monstruo de la Pampa! (…)

            ¿Qué le va en fomentar el interior, a él que vive en medio de las riquezas y posee una aduana, que, sin nada de eso, le da dos millones de fuertes anuales? Salta, Jujuy, Tucumán, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos serían hoy otras tantas Buenos Aires, si se hubiese continuado el movimiento industrial y civilizador, tan poderosamente iniciado por los antiguos unitarios, (sic)  y del que, sin embargo, han quedado tan fecundas semillas. Tucumán, tiene hoy, una grande explotación de azúcares y licores, que sería su riqueza si pudiese sacarlos a poco costo de flete, a las costas, y permutarlos por las mercaderías en esa ingrata y torpe Buenos Aires, desde donde le viene hoy, el movimiento barbarizador, impreso por el gaucho de la marca colorada. Pero no hay males que sean eternos y un día abrirán los ojos esos pobres pueblos, a quienes se les niega toda libertad de moverse y se les priva de todos los hombres capaces  e  inteligentes que podrían llevar a cabo la obra de realizar, en pocos años,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           el porvenir grandioso a que están llamados por la naturaleza, aquellos países, que hoy permanecen estacionarios, empobrecidos y devastados. ¿Por qué son perseguidos en todas partes, o más bien, por qué eran unitarios salvajes y no federales sabios, toda esa multitud de hombres animosos y emprendedores que consagraban su tiempo a diversas mejoras sociales: éste a fomentar la educación pública, aquél a introducir el cultivo de la morera este otro, al de la caña de azúcar, ese otro a seguir el curso de los grandes ríos, son otro interés personal, sin otra recompensa, que la gloria de merecer el bien de sus conciudadanos? ¿Por qué no vemos levantarse de nuevo, el genio de le civilización europea, que brillaba antes, aunque en bosquejo, en la República Argentina? ¿Por qué su Gobierno unitario hoy, como no lo intentó jamás el mismo Rivadavia, no ha dedicado una sola mirada a examinar los inextinguibles y no tocados recursos de un suelo privilegiado? ¿Por qué no se ha consagrado una vigésima parte de los millones que devora una guerra fratricida y de exterminio, a fomentar la educación del pueblo y promover su ventura? ¿Qué se la ha dado, en cambio de sus sacrificios y de sus sufrimientos? ¡Un trapo colorado! A esto ha estado reducida la solicitud del gobierno durante quince años; ésta es la única medida de administración nacional, el único punto de contacto entre el amo y el siervo: ¡marcar el ganado!”

 

(Facundo, Centro editor de América Latina, Buenos Aires 1967, pags. 180/83)