Roca en La Rioja

En su libro Soy Roca,  Félix Luna se refiere a la permanencia de Julio A. Roca en nuestra ciudad.

              Transcribimos algunos pasajes del libro, escrito por Luna en primera persona (como si hablara Roca)

               “Fue en el batallón 6 donde empecé a formar mi carácter y a conocer a fondo mi país. Estaba acantonado en la villa Nueva, orilla sur del río Tercero, al lado del lugar donde prosperaría la ciudad de Villa María, al mando del coronel Ambrosio Sandes, un hombre impredecible, primitivo, cuyas rabietas nos hacían temblar, pero un soldado como he visto pocos. Podía llevar su gente a la muerte, pero él marchaba adelante. A veces era innecesariamente cruel y alimentaba la vanidad de no haber sido vencido nunca; este orgullo se le desvaneció poco después de mi  incorporación, cuando un muchacho a quien llamaban Calaucha, un oscuro montonerito del Chacho, lo desafió a pelear en combate singular, le quitó la lanza de un golpe y, teniéndole a su merced, en vez de clavarlo se limitó a darle un despectivo garrotazo con el cabo para huir en seguida dando alaridos a boca golpeada.  Sandes por poco muere de tristeza después de este lance; hubiera preferido que lo mataran antes de soportar esta humillación.”

               “En San Juan volví a encontrar a Sarmiento y lo traté con cierta frecuencia. El Chacho lo obsesionaba: lo veía como un monstruo antediluviano al que había que matar rápidamente y para siempre: tal vez esta idea fija le venía de sus recuerdos de una invasión que hizo Quiroga a su provincia; la visión infantil de esos bárbaros caracoleando sus fletes en las calles de San Juan lo ponía fuera de sí. Temía que ahora pudiera suceder lo mismo.

               “Porque el Chacho había vuelto a sublevarse. Alegaba que el tratado firmado el año anterior  (La Banderita) no se había cumplido, y que sus amigos eran perseguidos en todas partes. El caso es que a fines de mayo de 1863 el caudillo lanzo una de sus proclamas y de inmediato todo el Noroeste se convulsionó. A mi batallón se le ordenó que bajara urgentemente a Córdoba: el Chacho esta a un tris de ocupar la ciudad, llamado por un sector de los federales que había volteado al gobierno liberal. Y efectivamente, la sociedad cordobesa vio como en un sueño de pesadilla la presencia de centenares de gauchos andrajosos que admiraban las galas de la segunda ciudad de la República, y al propio Peñaloza saludando al populacho desde los balcones del cabildo.  Llegamos a tiempo para participar en la batalla de Las Playas, donde el Chacho, una vez más, fue desecho, a lo que siguió una implacable degollina de prisioneros.

               “En setiembre me encontraba destinado en La Rioja. En esta ciudad, una aldeíta de aspecto melancólico, recibí mis despachos de capitán en premio a mi conducta en Las Playas. Siete meses permanecí en La Rioja luchando con los brotes de la insurrección chachista, y quisiera olvidar eta parte de mi vida militar: fue la más miserable e ingloriosa de mis campañas, un trabajo para policías, no para soldados. Teníamos que rastrear a los montoneros, buscarlos y enfrentarlos, pero ellos aparecían y desaparecían como espejismos. Siempre los derrotábamos y siempre se rehacían, con la complicidad de los pobladores y el apoyo de sus excelentes caballadas. La exasperación nos llevaba a cometer atrocidades de las que me sonrojaré siempre: era como si nos  estuviéramos volviendo tan salvajes y brutales como esos paisanos ignaros que, al fin de cuentas, peleaban por lo suyo.

               En mis itinerarios por La Rioja y las provincias aledañas  me fui enterando de los horrores que habían cometido los jefes nacionales el año anterior, durante el primer levantamiento del Chacho. Se fusilaron prisioneros, se les torturó con el cruel suplicio del cepo colombiano, se incendiaban las casas de los presuntos cómplices; algunos se habían hecho tristemente famosos por sus barbaridades, entre ellos el propio Sandes. La gente “decente” nos halagaba porque nuestra presencia era para ellos una garantía de seguridad a sus personas y bienes, pero el pueblo común seguramente nos odiaba. Para ellos, éramos los mismos porteños que cada tantos años venían a invadirlos para imponerse a fuerza de terror. Después del asesinato del Chacho el ambiente se fue aquietando, pero lo vivo del recuerdo del caudillo, expresado hasta en coplas, daba cuenta del malestar de aquellos pueblos. (Soy Roca, páginas 44-45, Vigesimosegunda edición. Noviembre 1994 – Editorial Sudamericana) (*)

               En enero de 1867 me incorporé a las fuerzas que actuarían bajo el mando de Paunero, ya instalado en Córdoba. Para el Sargento Mayor graduado Roca, la guerra del Paraguay había terminado.

               “En el Rosario tuve el placer de incorporarme a la división mandada por el coronel Arredondo que debía reforzar al ejército de Paunero quien, después de haber avanzado hacia San Luis, consideró prudente regresar a Córdoba para esperar la llegada de las tropas sacadas del frente paraguayo. Las noticias eran inquietantes: no sólo todo Cuyo estaba en poder de los revolucionarios,  (se refiere a la rebelión general  a participar en la guerra contra Paraguay) sino que se adquirían armas y material en Chile para proveer los elementos bélicos necesarios para una campaña formal. Por su parte, Varela se disponía a marchar desde La Rioja para enfrentar a los Taboada, el único núcleo de fuerzas con que contaba Mitre en el interior. Era urgente sofocar cuanto antes el movimiento, antes que el país entero se le adhiriera. (1867)

               “Ya estábamos enterados de que, en las cercanías de La Rioja, Antonino Taboada había derrotado a Felipe Varela. Aunque no por eso concluían del todo las alteraciones, al menos  se desvanecía el peligro más grave. Permanecí unos meses en San Juan como segundo jefe del Regimiento 7, lo que significó mi efectivización en el grado de Sargento Mayor, o Mayor, como dicen ahora. Después pasé a La Rioja y allí estuve los últimos meses de 1867 y los primeros del año siguiente. Volví a lugares conocidos y la gente que antes había frecuentado. Pero este año de 1868 era muy particular: por primera vez desde la unificación de la Nación habría de elegirse un nuevo presidente, y esta circunstancia cargaba todo de política.”

               Luego de referirse a la batalla del Pozo de Vargas, continúa.

               “Me hablaron de los saqueos de las tropas de Taboada: habían pasado el peine fino por la ciudad, no dejando a salvo sino aquello que no podía transportarse. Vacunos y yeguarizos, muebles y objetos de uso doméstico, se alzaron con todo lo que estuviera a mano… Taboada, impasible ante los desmanes de una fuerza que actuaba e nombre del gobierno nacional, sólo se preocupaba de colocar en La Rioja a un hombre de su confianza que le asegurara los votos de la provincia en las elecciones presidenciales. El y sus hermanos apoyaban a Rufino de Elizalde, (ex vice de Mitre), confiando que Manuel Taboada sería su vicepresidente. Así es que mandó hacer un simulacro electoral para ungir a un anciano, don Cesáreo Dávila, y luego regresó a Santiago del Estero as gozar de su botín y continuar con sus intrigas.  Entretanto Varela y sus cabecillas aparecían y desaparecían por la región, llegando a veces a poner en fuga al propio gobernador y manteniendo un estado de inquietud en todos lados.

               Ante la renovación presidencial, Mitre no tenía fuerzas para imponer a su preferido, el ministro Elizalde, que carecía de eco en el interior, salvo el que podían prestarle los Taboada. Urquiza por su parte, intentaba reflotar su nombre, pero era inaceptable para Buenos Aires. Alsina también lanzó su candidatura, que no tenía base fuera del autonomismo porteño. En esa situación, la figura de Sarmiento se destacó por sí sola como una solución aceptable para todos.

               Para mi jefe Arredondo y para mí, la bandera de Sarmiento significaba la renovación de la política de Mitre que había despertado demasiadas resistencias y, en consecuencia, se encontraba agotada. En el pequeño escenario de La Rioja, esto implicaba que debíamos apoyar a quienes se oponían a la influencia de los Taboada. Es decir, que nos comprometimos a sostener a los De la Vega, los Bazán y los Luna en lucha contra los Dávila.

               Esto era, asimismo, lo que pasaba en La Rioja en 1867 y 1868. Una antigua y distinguida familia, los Dávila, había sido el apoyo principal de la política de Mitre después de Pavón.  (…) No voy a detallar las picardías que Arredondo y yo cometimos en esos meses; eran, por otra parte, parecidas a las que en casi todas las provincias se perpetraban a favor de una u otra de las candidaturas. Mi jefe  yo alentábamos a nuestros amigos riojanos a erizar de dificultades el viacrucis de Dávila y, eventualmente, a derrocarlo. Como finalmente hicieron.

               Termino el relato diciendo que este tormentoso proceso lugareño terminó exitosamente con la derrota de los Dávila y sus aliados santiagueños, y la consagración de nuestros amigos, a quienes les fue fácil sumar los votos de los electores riojanos a la mayoría que impuso a Sarmiento como presidente, a mediados de 1868.

               Permanecía en La Rioja hasta marzo de ese año 68, y nunca volví allá.” (pags. 72-73 Soy Roca)

               Al final del libro de Félix Luna hay una Aclaración que dice:

               Lo que ha leído es una recreación libre de la vida de Julio Argentino Roca dentro de un riguroso contexto histórico.  No es pues, una novela ni una fantasía, porque sigue fielmente la trayectoria del protagonista y se ajusta a los hechos que la jalonaron. El autor sólo se ha permitido poner en boca de JAR las reflexiones que pudo haber hecho, de acuerdo con su actuación, su mentalidad, su ideología y hasta su lenguaje, pero en buena proporción ellas están tomadas literalmente de su correspondencia o de los documentos de su autoría.

               Es obvio, por otra parte, que los juicios atribuidos a JAR no son necesariamente compartidos por el autor.

(*)  Roca estuvo bajo el mando de Sandes, un bárbaro y sanguinario que cometió tropelías en La Rioja.

Nota

 

               Quien lea el libro citado escrito de tal manera, sacará sus propias conclusiones. Para nosotros los hechos de la historia, basados en documentos, cartas, Memorias de los protagonistas, y referencias directas de los mismos probadas en archivos históricos, así como los testimonios de Actas de Gobiernos y de Legislaturas de la época que analizamos, constituyen los argumentos más veraces sobre la historia misma y alejan al lector de la subjetividad en el marco de la lucha de los pueblos.